¡70 años de grandes emociones!

Pablo Sandoval: tipo bohemio, medio alcohólico, amigo fiel y asistente de Benjamín Esposito en un despacho judicial. Fue un personaje de ficción magistralmente interpretado por Guillermo Francella, en la genial película argentina “El secreto de sus ojos”. Sandoval recitaba en una de sus líneas más célebres: “Vos podés cambiar de todo: de cara, de casa, de familia, de novia, de religión… Pero hay una cosa que no podés cambiar Benjamín. No podés cambiar de pasión…”

Y es una frase fabulosa porque es real. Para quien no entiende el fútbol, son sólo 22 tipos en pantaloneta corriendo detrás de un balón. Para el que desde niño cultivó un sentimiento por la pelota y se enamoró de unos colores, el fútbol es otra cosa. Y un gol, un triunfo o una derrota, son cuestiones que adquieren otra dimensión. Se forja una pasión inquebrantable al paso de los años, que no desaparece con las caídas, las traiciones, los cambios de jugadores ni las burlas.

El fútbol colombiano a lo largo de sus 70 años ha sido el mayor proveedor de amores y pasiones para este país. Puede que el espectáculo no sea el mejor: que varios jugadores insistan en tirarse al piso y fingir faltas con histriónicas actuaciones, que se queme tiempo de manera burda y grosera, que en Tunja no haya agua para bañarse en los camerinos, que en Ibagué los partidos nocturnos se jueguen en la penumbra por la deficiente iluminación, que en la A existan varios equipos de garaje, sin hinchada, ni historia, que sólo están para apretar el ya apretado fixture y que en Neiva se juegue en un estadio que desde hace más cinco de años anda en obra negra.

No importa. Acá lo que vale es que igual el amor por los colores se hace indeleble y durante estas siete décadas (o el pedazo que nos ha tocado vivir de ellas) a muchos nos ha hecho felices. América, esa mechita que siempre se encendía, ilusionaba y luego se apagaba, desbordó a sus hinchas en llanto aquel 19 de diciembre del 79 cuando quedó campeón por primera vez. Un día que tal vez sólo se pueda equiparar con aquella tarde ante el Deportes Quindío en la que por fin terminó una penosa y larga agonía deambulando en los infiernos de la B. Ese día rodaron también varias lágrimas de felicidad en las graderías del Pascual.

Como las hubo en El Campín el 15 de julio de 2012 cuando Roldán pitó el final del partido y Santa Fe, gracias a un gol de Jonathan Copete, volvió a ser campeón tras 36 años y medio de penas y sin sabores.

La voz se rasgó y para los hinchas de Nacional no hubo horas suficientes para celebrar aquel gol de Valoy contra Junior, al minuto 93, que mandó la final a los penales y en la que luego vino el show de Armani, atajando aquí, atajando allá. Como tampoco la hubo para los del Junior cuando fueron ellos los que celebraron un gol de Walter Ribonetto, allá mismo en Medellín, que evitó la debacle cuando todo parecía perdido, los mandó a los penales y de ahí derecho a levantar la quinta estrella.

El gol de Macnelly al 77’ para que el Cúcuta diera la vuelta olímpica en Ibagué, el de Danovis Banguero al 93’ para enmudecer el Atanasio.

El desahogo convertido también en lágrimas cuando Lucho Delgado atajó el penal de Correa y Millonarios tras una ‘eternidad’ de 24 años volvió a gritar campeón. Y claro, el gol de Henry Rojas, ayyy el gol de Rojas en el clásico más importante de toda la historia.

Es lindo nuestro fútbol. No tendremos la organización de la Bundesliga, la producción goleadora de la Premier League, ni las estrellas o el dinero de la liga española. Ni siquiera nos podemos comprar aún con Brasil o Argentina, pero es el nuestro. Con sus más y con sus menos, es lindo y nos ha hecho vibrar, porque como dijo Sandoval: “una pasión, es una pasión”