Por: Jorge Barraza
Periodista y columnista argentino – Especial para FÚTBOL TOTAL

Las Eliminatorias nunca fueron poéticas, nadie juega con galera y bastón
sino con uniforme de combate. Son guerras sin muertos. Ahora hay menos
broncas y tensiones que antes, pero se está jugando feo y mal. Y en el choque
Colombia-Ecuador se volvió a viejas prácticas: demoras, encontrones, manoseos,
discusiones, pérdidas de tiempo…

Salvo en Argentina, donde el público vive un idilio con su selección, no hay paz en ninguna parte. Nadie está feliz con lo que ve de su selección. En todos lados llueven reproches. ¡Hasta en Brasil, que de once partidos ganó diez y empató uno…!
“Somos muy criticados por cómo estamos jugando y, aunque no pasamos por el mejor de nuestros
momentos, hemos tenido resultados positivos”, señaló Thiago Silva, capitán verdeamarillo en conferencia de prensa. Al día siguiente le ganaron 4-1 a Uruguay.

Efectivamente, Tite es un profesional que a lo largo de su carrera ha logrado hartos títulos y exhibido una eficiencia fantástica, pero no es un Telé Santana, precisamente. Adora el doble 5 bien de marca tipo Barrios-Uribe. La prensa en Brasil lo respeta porque sus números son colosales, aunque no termina de digerirlo. De 66 encuentros que ha dirigido Tite apenas perdió cinco, sin embargo, no entra del todo en la gente.

Antes de comenzar esta triple fecha clasificatoria, Uruguay era tercero con 15 puntos, Colombia quinto con 13 y Paraguay sexto con 11. Charrúas y guaraníes sacaron apenas uno de nueve y hubo consecuencias serias: Paraguay
despidió a Eduardo Berizzo y en Uruguay todos daban como un hecho que el ‘Maestro’ Tabárez también sería cesado, pero los directivos decidieron que por respeto a su trayectoria de 16 años, no tomarán una decisión apresurada y esperarán hasta noviembre cuando la celeste juegue ante Argentina y Bolivia. Ya antes se fueron otros tres entrenadores: Queiroz de Colombia, Rueda de Chile y Peseiro de Venezuela… Demuestra cómo están los ánimos en Suramérica.

Colombia subió al cuarto puesto gracias a sus tres empates en cero, pero nadie está feliz con la selección ni con Rueda. Lo ven rácano, defensivo. Frente a la ‘Tri’, el público pidió a gritos a James Rodríguez, que llevaba cinco meses sin jugar. Eso habla de lo que refleja el equipo, mucho más apto para defender que para atacar. A su vez, y a pesar de ganar dos seguidos, Martin Lasarte en Chile y César Farías en Bolivia, reciben los más ácidos comentarios. Ni Gustavo Alfaro está indemne, aunque se entiende que tomó a Ecuador tres días antes de comenzar la competición y lo mantiene tercero. Pero hace demasiados cambios y lo reprueban: “¿Pasó más de un año ya y
todavía está buscando el equipo…?”, se preguntan.

Pero quizás en ninguna parte dolieron tanto las derrotas como en Uruguay. El venerable Maestro Tabárez está siendo destrozado por hinchas y periodistas. “Al uruguayo no le gusta que lo bailen los vecinos”, escribió Francisco
Faig en ‘El País’, analista político, aunque futbolero como todos en la tierra de Suárez y Cavani. Y no sólo mortificaron las caídas por ser ante los rivales históricos sino por las formas. Argentina casi lo ridiculizó con un festival de fútbol. Tal vez nunca, en 119 años de historia, una selección uruguaya haya recibido
semejante candombe. Y uno de los puntos más condenados por los hinchas celestes es que, pese a ser arrollados por
Argentina, ningún jugador uruguayo fue amonestado ni expulsado. Faltó rebeldía. “Demasiado juego limpio. ¿Nos bailaron y salimos sin siquiera una amarilla…? Ya ni pegamos. ¡Esto no es Uruguay…!”, fue la queja más recurrente. Incluso ‘El País’ hizo una encuesta con este tema preguntando a sus lectores: “Ni una amarilla, ¿se está perdiendo la esencia…?”. Se sabe que la reciedumbre es una marca registrada del fútbol charrúa. Y frente a Brasil soportó tantas situaciones de gol que obligó a la pregunta general: ¿qué pasa con Uruguay…?

Paraguay se fue hundiendo de a poco en la tabla. No ha perdido la entrega y el carácter aguerrido de sus futbolistas, pero tiene cero elaboración de fútbol. Y eso le impide llegar con peligro sobre el arco de sus adversarios. Corre, corre, lucha y no juega, sobra sudor, faltan ideas ofensivas, lo que se traduce en una ineficacia pavorosa: de sus últimos ocho partidos, en seis no marcó goles.

Venezuela está malgastando una excelente camada de futbolistas por desaguisados dirigenciales. Como en el juego de la oca, retrocede cinco casilleros.

Es el panorama general. Entonces sobrevienen los cuestionamientos: ¿A qué iremos al Mundial…? ¿A ganarlo o a buscar una figuración decorosa…? Hace veinte años que no se lo conquista. ¿Tenemos chances…? Sólo Brasil y Argentina parecen en condiciones de disputar mano a mano con los europeos. Y tampoco lo sabemos, porque se cortaron los enfrentamientos con ellos a raíz de que Europa se cerró en banda con los amistosos al crear la Liga de Naciones. Ni ese cotejo tenemos ahora. Habrá que ir al Mundial y probar dentro de la competencia misma.

Hasta hace quince años surgían talentos en cantidad en Suramérica, ahora sobran los dedos de una mano para señalarlos. De golpe, se paró la fábrica. Los dirigentes que gobernaron durante veinte o treinta años estaban demasiado ocupados en sus chanchullos y corruptelas que derivaron en el “Conmebolgate” y dieron la espalda al juego, a pensar e invertir en mejorar la producción juvenil. Y hoy se paga.

La escasez de nuevos valores suramericanos ha revertido la parábola de nacionalizaciones. Ahora la flecha apunta hacia acá. Antiguamente, desde el año 1910, decenas de argentinos, también algunos uruguayos y brasileños, iban a Europa y por la ley de consanguinidad eran naturalizados y jugaban para Italia, España, Francia. Eran buenos y hacían diferencia allá. Ahora parece ser al revés: las asociaciones de la región buscan extranjeros, preferentemente
hijos de suramericanos nacidos en Europa u otras latitudes. Ya hay cuatro, y los cuatro andan bien: Brereton, el inglés de Chile, potente y técnico delantero del Blackburn Rovers; Lapadula, el italiano reclutado por Perú; Jeremy Sarmiento, español que actúa para Ecuador, y el camerunés Marc Enoumba, casado con una boliviana, que
empieza a ser muy querido en la Verde. La búsqueda de foráneos está planteada. En Europa son perfectos desconocidos, acá brillan.

No todas son malas. Aunque estén jugando del otro lado del océano, las buenas nuevas del fútbol suramericano son las apariciones de tres cracks con alta proyección: Luis Díaz, quien deslumbró al continente en la Copa América; y recientemente, las revelaciones de Raphinha en Brasil y de Cristian Romero en Argentina. Díaz no está siendo beneficiado por la poca generación de juego de Colombia, pero tiene velocidad, potencia y gambeta hacia adelante ya demostradas. Raphinha, figura del Leeds de Bielsa, es la gratísima revelación de la ‘verdeamarela’. En tres partidos se metió a la ‘torcida’ y la prensa en el bolsillo. Brasil está clasificado (virtualmente), se le caen los puntos del
saco, pero el entusiasmo pasa más por haber descubierto a este zurdo picante, fino volante que juega por derecha, con mucha llegada al arco rival. Entró frente a Venezuela cuando perdían 1 a 0 y arregló todo enseguida con dos
asistencias. Bien ante Colombia (Ospina le sacó un zurdazo que iba adentro y luego le puso un pase-gol a Antony), y dos goles ante Uruguay. Un hallazgo de cara a Catar 2022.

Y ‘Cuti’ Romero, zaguero notable, un ‘extraclase’ con anticipo, quite, firmeza, prestancia, salida, cabezazo y determinación. Le da para diez años de Selección Argentina. Pero es hora de que
aparezcan más.

Se necesitarían otros veinte o treinta de estos y repartirlos entre las selecciones suramericanas. Y aún así nos preguntamos: ¿alcanzaría…? Cuando vemos los partidos de Europa, la velocidad, la intensidad, el afán ofensivo, los goles de allá, nos sobrecoge una duda: ¿cómo igualarlos…?

Por Futbol