¡CAMPEONES CONTINENTALES!

POR DANIEL SAMPER OSPINA

 

No me cabe duda alguna: la final de la Copa Sudamericana que disputó Santa Fe contra Huracán ha sido el partido más mediocre de todos los partidos mediocres que he padecido –el más lento, el más enredado, el más espeso y largo y aburrido- y al mismo tiempo el que más emociones me ha permitido vivir.

 

Nunca como antes me había quemado por dentro el relámpago vivo de la victoria como en el momento definitivo de los penales, y jamás había sido capaz de admirar a nadie como lo hice aquella noche con Luis Manuel Seijas y su cobro antológico, ya para siempre inolvidable: hablo de ese toque suave, lleno de un elegante desdén, con el que no sólo marcó el segundo gol en la definición por penales, sino con el que de paso apuntaló el triunfo. Porque estoy seguro de que su cobro “a lo Panenka” invadió de confianza al equipo y a la vez inundó de nervios a los argentinos, entumecidos en adelante.

¿De qué material se necesita estar hecho para atravesar el campo hasta el punto penal, en medio de un estadio fervoroso, atiborrado, al que no le cabía un temblor más; pedir la pelota, acomodarla en el punto de cal, tomar la carrera y tacar el balón apenas para que ruede de la manera más lenta y humillante posible, la más hiriente, la más desdeñosa?

Del material de Luis Manuel Seijas. Cualquier otro prefiere morir en su ley y sacudirse de la responsabilidad con un disparo fulminante, libre de culpas en caso de fallar, a jugarse el pellejo para otorgarle al partido la poesía de la que hasta entonces había carecido. Si fallaba, el tormento de ese momento lo acompañaría por el resto de su vida. Cobraría mentalmente ese penal millones de veces, desde entonces hasta la tumba. La culpa no lo dejaría vivir.

Pero el fútbol es para valientes, y Seijas no quería ganar de cualquier manera, sino de la más refinada. Quería que su cobro fuera a la vez que un grito de fe para los suyos, un desaire para el rival. Y así fue.

Seijas tiene apenas 29 años y espero no precipitarme al decir que con ese cobro ingresó al Olimpo de los inolvidables de Santa Fe: aquel lugar donde reposa el recuerdo vivo de Alfonso Cañón, de Carlos Alberto Pandolfi , de Hugo Ernesto Gottardi. El Olimpo en el que corre todavía Adolfo ‘el Tren’ Valencia y cabecea contra el piso Léider Preciado. El Olimpo en el que reina a sus anchas Omar Pérez.

Porque ese es otro regalo que pudimos disfrutar quienes hemos tenido la suerte de ser contemporáneos al Santa Fe de ahora: que podemos ver en vivo y en directo a los cracks del presente, que son las leyendas del futuro, y así como crecimos escuchando de nuestros mayores el nombre de esos jugadores que hicieron historia en el equipo, y que son su sedimento, del mismo modo podremos decir a nuestros nietos que nosotros, los que estuvimos vivos en esta época, asistimos a la final de la Copa Sudamericana; que estuvimos ahí, en el estadio, cuando Seijas echó a rodar la pelota casi con mantequilla; y que, sobre todo, vimos brillar en toda su dimensión a Omar Pérez, líder de líderes, mesías histórico, el hombre más rápido con la mente que hayamos visto, y de cuya calidad y grandeza fuimos testigos presenciales.

Quienes, como yo, fuimos hinchas eternos de un equipo que jamás ganaba, procuramos acomodarnos a esta nueva era en que conocimos que la victoria no solo era posible, sino un objetivo que se podía exigir. Todo hay que decirlo: con César Pastrana en la presidencia de Santa Fe, en tres años hemos ganado dos ligas, dos superligas y una copa continental: abundantes toneladas de gloria, apretadas en menos de mil días, por culpa de las cuales ya no sabríamos qué hacer si no ganamos; por culpa de la cual ahora lo queremos todo.

Pero había que comenzar por la copa Sudamericana, sin duda la más importante que ha ganado el equipo: un trofeo que enaltece al fútbol colombiano y que vale, a cambio de hoy, y si me permiten decirlo, unas diez estrellas de la liga local, para que los amigos azules no empañen con infructuosos conteos de campeonatos nacionales nuestro triunfo mayor.

Y, ya con él en las manos, saborearlo como si fuera el último. El fútbol regala momentos que ningún otro episodio de la vida es capaz de producir. Tan pronto como el pelotazo de Patricio Toranzo reventó contra el travesaño, y obtuvimos el triunfo, quedé afónico de gritar, me abracé con vecinos de estadio a quienes siempre veía, y a quienes a veces saludaba, pero cuyos nombres desconozco, y lo hice como si fueran mis hermanos del alma, que lo son: con ellos salté y canté y coreé el nombre de Pelusso y de Omar Pérez y de Seijas durante casi una hora, a mis cuarenta años.

Jamás había sentido una emoción semejante. El 9 de diciembre de 2015 quedará crucificado en mi pequeña historia de hombre que pasó por la tierra, como uno de los más felices que me regaló la vida, o Pelusso, o Seijas, o Pérez, o todos los anteriores: porque ya a estas alturas del partido, el equipo y la vida terminan siendo lo mismo.