CARTA A LORENZO

 

Por: Daniel Samper Ospina

Especial para Revista Fútbol Total 

 

Te resultará insólito imaginarlo, pero hubo una época en que ganar, aspirar a títulos, clasificar a finales, no era una rutina, ni siquiera una excepción: acaso un sueño lejano, improbable, al que de todos modos no obedecíamos.

Porque por esa época -hablo de esa época no muy lejana, de esos años ochentas y noventas; de estos inicios de siglo- ser hincha de Santa Fe era un acto de cariño, una manera de perder, la forma más feliz del sufrimiento, y quienes éramos hinchas del equipo, y quienes lo somos de verdad, nunca supusimos que la gloria estaba en la victoria.

Nada de eso. La gloria estaba en asistir. En ir al estadio con los amigos. En recuperar, al menos por un instante, la niñez. La niñez, Lorenzo, que tú todavía transitas, al menos en sus curvas finales, y que es la única porción de paraíso que tiene la vida, como lo sabrás cuando te la quiten.

En los últimos tres años has visto que el equipo no se cansa de ganar. En junio de 2012 fuiste testigo de la forma en que obtuvo una estrella de la liga: nada menos que su séptima estrella; en diciembre de 2014, observaste en primera línea cómo obteníamos otra nueva, la octava luminosa que cosíamos sobre el escudo orgulloso del equipo. En el 2013 ganamos la Superliga y este año repetimos la proeza. En el 2013 clasificamos a la semifinal de la Copa Libertadores y terminamos el presente año dispuestos a ganar, o a morir en el intento, la Copa Sudamericana.

Cuando yo tenía tu edad, en cambio, Lorenzo, no tuve el privilegio del que tú disfrutas. Caminé por mi afición al Santa Fe como quien atraviesa un río seco. Me hice hincha a cambio de nada, o a cambio de todo, según se vea: a cambio de descifrar el significado de palabras como “lealtad” y como “amor verdadero”; a cambio de llenar los vacíos del domingo con un cúmulo de olores y de sonidos, desde entonces inolvidables: el olor a pincho asado en las filas para ingresar; la emblemática bocina de los tres cornetazos que suena de modo idéntico desde el fondo de los tiempos en el costado oriental.  Y el pasto reluciente bajo los reflectores nocturnos.

En esos años de sequia, que fueron décadas, Santa Fe me permitió comprender que la lucha es más digna que la victoria, y la perseverancia que el triunfo; también que en la derrota se hallan los verdaderos tesoros de la vida: allí se forja la pasta para ser incondicional y huir del oportunismo.

Ahora es fácil. Y lo digo desde la alegría, sin resentimientos; desde la felicidad de que tu historia de hincha contenga más copas y más estrellas que la mía.

Pero había que estar allí, en aquel partido bizarro que se jugó en el Campín un jueves a las diez de la mañana, en que el Once Caldas, de manera insólita, impidió que pasáramos a nuestra primera final en años; o allí, dos décadas atrás, cuando teníamos un equipo que podía ser campeón de cualquier copa en cualquier parte, y el cartel de Cali lo desvalijó línea por línea para llevárselo al América. O allí, en fin, en cualquier partido lánguido y nocturno, contra cualquier equipo desteñido –llámese Quindío o Cúcuta o Pereira-, con el radio sintonizado en otro partido de cuyo marcador dependía nuestra clasificación, mientras hacíamos cuentas desesperadas para saber si pasábamos. Y no pasábamos.

A la tuya, la precede una generación de hinchas sin victorias: esos son los sedimentos que tienes por debajo. Por más de 30 años asistí al estadio sin obtener triunfos a cambio: a lo sumo una final para disputar: la Merconorte, una copa tan borrosa que ya ni siquiera existe.

Mis chispazos de ilusión no se encendían con la posibilidad verdadera de un título inminente, sino con jugadas concretas, goles inolvidables y leyendas. Vi jugar a Hugo Ernesto Gottardi y al ‘Tren’ Valencia. Vi atajar a Mina Camacho y a Navarro Montoya. Vi cómo Léider Preciado le callaba la boca a los hinchas de Millos una y otra vez, incesantemente. Y esas emociones fueron suficientes para sustentar mi vuelo, querido Lorenzo, porque al final ser hincha es un acto sincero de apego, no una transacción, y los verdaderos hinchas no damos para recibir: ni nos sobornan con triunfos ni nos hacen huir con derrotas. Somos permanentes, así de sencillo; las alineaciones pasan pero nosotros quedamos. Representamos valores cada vez menos evidentes en la condición humana.

Sueño con que Santa Fe gane la Copa Sudamericana y tenga un papel destacado en la liga, y me ilusiono al pensar que estamos ante el momento más dorado de toda la historia santafereña y que puedo ser testigo presencial de ese momento. Cargo mi abono en la billetera con la seguridad de que en estos años asistiré a partidos de un equipo de la tabla alta; ya  no de la tabla media. Porque por más de treinta años fuimos eso: un equipo de media tabla.

Pero nunca te dejes confundir. Y por eso te escribo esta carta, Lorenzo. No te malacostumbres. No permitas que tus raíces de hincha únicamente prosperen en la victoria. Ser hincha no es ganar ni perder; es acompañar. Ser hincha es un camino; no una meta. Recuérdalo por siempre. Y ahora sí vete al estadio, que vamos a ganar.