EDITORIAL: Cuestiones de ingratitud

Llama poderosamente la atención el desmadre que se produjo en Costa Rica después del Mundial. Toda una novela digna de los más aclamados libretistas mexicanos con una trama repleta de intrigas, odios, secretos y versiones encontradas. Se suponía que en el país centroamericano todo debía ser una fiesta después de la memorable y quizá inigualable presentación de su selección en Brasil 2014, pero en vez de eso, su técnico Jorge Luis Pinto encontró un enrarecido clima lleno de hostilidad y el camino ya abonado para su salida.

El tema es que la delegación del equipo ‘tico’ no se aguantaba más el régimen estricto y casi militar del santandereano quien es un obsesivo de todos los detalles. Manotea porque un jugador hace un mal movimiento en defensa, alega porque el bus los recogió dos minutos más tarde de lo acordado, hace un alboroto porque les sirven porciones pequeñas a sus jugadores en la cena, se fija minuciosamente en lo que hacen sus entrenadores de arqueros, en ocasiones suelta un insulto cuando los suyos no corren lo que, a su juicio, debían correr y asalta a los jugadores por las noches en sus habitaciones para ver que no se hayan escapado o hubieran ingresado a alguien más. Sí, quizá es peor que un fanático religioso, es un tipo insistente, ‘hostigante’, cansón.

Pero los costarricenses ya sabían que Pinto era así. Cuando lo contrataron estaban advertidos de sus maneras de ser, de su carácter explosivo, de su alma de investigador privado. Una vez siendo entrenador del Alianza Lima llamó a su portero Christian De Mar  a la 1 de la mañana y le preguntó: ‘Donde está’. Éste le contestó que se encontraba en casa durmiendo, a lo que Pinto le dijo: “A ver, asómese por la ventana”. El portero extrañado se acercó al cristal y, oh sorpresa, afuera estaba Pinto parado en la puerta de su casa con celular en mano.

Pero toda esa obsesión por la disciplina y eventualmente hasta una palabra ofensiva o agresiva queda en el olvido cuando en un Mundial ese mismo técnico es capaz, a punta de táctica e inteligencia, llevar a un equipo tan limitado como el costarricense hasta los cuartos de final, venciendo en el camino a titanes como Uruguay e Italia. Porque no nos digamos mentiras. Los ‘ticos’ están años de luz de tener un equipo lleno de talento y figuras. Salvo el caso de su portero Keylor Navas y el capitán Brayan Ruiz, los centroamericanos tenía una nómina livianita y sin mayores pretensiones que a punta de orden, estrategia, táctica y disciplina, se convirtió en una muralla casi inquebrantable para los rivales. Y eso, es enteramente labor de un buen técnico.

Ahora bien. El problema fue que Pinto se dejó imponer el grupo de personas que lo  acompañarían en su cuerpo técnico y ahí falló, pues se rodeó de gente que no era de su entera confianza, tuvo diversas discusiones con ellos y hasta puede ser que los haya insultado más de una vez. Pero lo increíble es que a su llegada a Costa Rica, cuando exigió libertad para elegir su equipo de trabajo para continuar, le hayan dicho que no.

Si en Colombia Pékerman pidiera tener whisky 18 años en su hielera cada vez que sale a entrenar seguro que se lo traen y si don José pidiera avión privado para movilizarse, capaz que se lo ponemos, pues estamos agradecidos por haber hecho de nuestra selección un equipo ganador que conoció dimensiones nunca antes vistas por un equipo nacional en un Mundial. Pero en Costa Rica envolvieron a Pinto en una novela, permitieron que hasta la nutricionista saliera a despotricar de él, le dieron una patada a su mejor proceso futbolístico de la historia y empezarán uno nuevo…

Algo es casi seguro: mientras al recio Jorge Luis le lloverán grandes propuestas en el futuro cercano, difícilmente Costa Rica volverá a tener un ciclo mundialista tan exitoso como el que acaban de terminar con ese sujeto Pinto al que ahora muchos tanto desprecian.

Andrés Magri

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