EL 5 A 0 FUE EL BAILE DE GRADUACIÓN

Por Jorge Barraza
El fútbol colombiano no nació el 5 de septiembre de 1993, desde luego. Mucha agua corrió antes, tantas pepitas de oro hubo en el fondo de ese río (Willington Ortiz la más grande). Pero el quiebre fue, sin duda, el 5 a 0, la actuación consagratoria que necesitaba el fútbol colombiano para sentirse importante, protagonista, ganador.
A partir de allí fue todo diferente, la Colombia futbolera pasó a ser respetada en el mundo, valorada, y sus jugadores fueron mirados de otra forma. La victoria que elevó su autoestima y le permitió a sus futbolistas soltarse, manifestar su talento, sentirse grande. Allí empieza una nueva era en esta saga que hoy llega al 70 aniversario de su liga.
Colombia puede afirmar con plena seguridad que, en fútbol, no todo tiempo pasado fue mejor. Lo mejor suyo es ahora. Arranca con Maturana en 1987 haciendo una sorprendente Copa América en Argentina y sigue con Nacional de Medellín en 1989 al coronar en la Copa Libertadores, también de la mano de Pacho. Son los hitos que lo transforman de animador a candidato, y de importador a exportador de figuras. Y empiezan a aparecer nombres rutilantes.

El repechaje de la Eliminatoria de 1985 entre Colombia y Paraguay parece un hito destinado a señalar con nitidez un cambio de época: fueron los dos últimos partidos de Willington en la Selección y los dos primeros del ‘Pibe’ Valderrama. Le pasó el testimonio. “Hasta aquí llegué, ahora es tu turno”, pareció decirle. Y el ‘Pibe’ hizo una carrera deslumbrante. Es un inolvidable, un ícono. Tan grande que, a la muerte de García Márquez, el diario La Nación de Buenos Aires publicó una ilustración genial: el maestro de las letras, sonriente, con la melena ensortijada y rubio del maestro de la pelota. La melena le proporcionaba la colombianidad. Eso define la dimensión de Valderrama.

Fue a partir de esa Copa América de 1987 y esa Libertadores del ’89 que empezamos a ver con más admiración a los cracks colombianos. Y, sobre todo, con mayor detenimiento. En la primera final de esa copa ganada por Nacional, en Asunción, descubrí un jugador fenomenal. Seguro lo había visto antes, pero esa noche calibré su dimensión: el Palomo Usuriaga. Arrasó por la derecha a Roberto Krausemann, un buen lateral argentino que jugaba en Paraguay. Lo pasó por aire, mar y tierra. Nadie supo aprovechar por el centro su tremendo desnivel por la punta. Luego llegó a Independiente y se tornó un ídolo enorme de los hinchas rojos. Tenía todo: físico, potencia, habilidad, remate, explosión. Y un carisma fantástico. Tenía una zancada enorme, venía embalado y de pronto frenaba en seco y ya generaba expectativa, emoción. La palabra espectacular le calzaba perfecto. Eso era.

Vi a Willington, tuve esa suerte. Vino a Avellaneda a jugar contra Independiente vistiendo la azul de Millonarios. Era un combo tremendo de gambeta, gol, velocidad y valentía. Esa noche, quién sabe por qué, tuvo una pica con los defensores rojos que empezaron a darle caña. Hacían cola para pegarle y Willington no sólo no se achicaba, iba por más. Un delantero de características fisonómicas y de juego muy similares a otro crack fantástico: Jimmy Johnstone, el escocés atómico. Aún jugando solos arriba podían ser ‘pesadillezcos’. Y cuanto más les daban, más se agrandaban, más volvían.
Lastimosamente, Willington no tuvo en la selección el entorno de los jugadores posteriores. Con el ‘Pibe’, James, Cuadrado, Falcao y Quintero, Willington hubiera hecho desastres importantes. Puesto en el día del 5 a 0, con él tal vez era 8 a 0. Fue lo suficientemente grande para tornarse por sí mismo una referencia del fútbol caribeño, al que empezamos a ver como algo bello, cimbreante, impredecible, sabroso.

EL CHICO DE LOS RISOS DORADOS
Hago un alto, me pongo de pie y empiezo a hablar de Valderrama. Un día va a haber mejores, no más grandes. El samario fue un deslumbramiento. Un sujeto originalísimo que jugaba casi parado, o a veces hacía unas carreritas, pero tenía todo el fútbol adentro, la inteligencia, la picardía, la cerebración para la jugada. Como Bochini, veía pases donde los otros no advertían. Como en la cubierta de un barco rodeado de espesa bruma, donde no se ve ni lo que se conversa, él divisaba el rumbo. A la izquierda… Y allí partía el pase perfecto. A la derecha… Y allí dejaba al delantero mano a mano con el gol. Porque los pases de los genios como Bochini, Valderrama, Messi, nunca son ni cortos ni largos, ni rápidos ni lentos, ni altos ni bajos, llevan la excelencia, te dejan la pelota adelante, deliciosa, y el arquero jugado.

El pase de Valderrama a Rincón frente a Alemania en 1991, en medio de tanta urgencia, de tan extraordinaria desazón por el injusto gol alemán en el último minuto, es un pase histórico. Se lleva toda la defensa con él hacia la izquierda y descarga de zurda a la derecha para limpiarle el camino y dejarlo solo. Le puso un mantel blanco: “Sírvase”. A los individuos como Valderrama, como Higuita, nunca hay que medirlos por títulos sino por grandeza, con el talentódromo. Es otra vara que los amantes a ultranza de las estadísticas no entienden. Son lo que despiertan, lo que generan. Si no empezamos con el “¿Borges cuántos Mundiales ganó…?” Y no… No ganó ninguno, pero fue Borges, y lo amamos cada vez que miramos la biblioteca.

Aunque con cinco años menos, Higuita fue otro prócer de la misma camada del ‘Pibe’. La que puso a Colombia en el mapa de la consideración mundial. De cómo un arquero puede establecer una superioridad mental sobre todo el equipo adversario, de eso se trataba Higuita. Una personalidad descomunal metida en un cuerpo normal, hasta rechoncho. El atrevimiento que da la calle, la viveza de los carasucias, el arrojo de los que no sienten miedo, la seguridad de los que saben. Y la épica de los verdaderamente grandes. Tapaba el penal del último minuto, metía un gol de tiro libre para ganar un duelo tremendo a River por la Copa, hacía el escorpión en Wembley. ¡En Wembley…! “Yo no me atrevería a hacerlo ni un entrenamiento”, admitió un día Roberto Abbondanzieri, arquero de Boca. Higuita lo patentó frente a la selección inglesa. René es de esos sujetos que nos entran por el corazón y se quedan ahí. Para siempre. En la categoría de los inmortales, como los tres anteriores.

Luego de ellos ya fue menos difícil sobresalir, porque el medio creció, se superó, porque todos estuvieron mejor rodeados. Porque aquellos generaron una mística: que Colombia puede y es grande. Ellos tuvieron la virtud de los pioneros: marcar el camino.

Y entonces vinieron muchos buenos. Y va en el gusto personal de cada uno la evocación, el reconocimiento. Asprilla fue un crack de nivel europeo, ese caballo que uno cepilla todos los días, lo cuida y es la estrella del stud. El que te puede ganar la carrera del millón de dólares. Mucha clase, toda la técnica, la misma impronta callejera que Higuita, cadencia en el amague y elegancia en la gambeta. No fue más por decisión personal, pero no tenía una gota menos de fútbol que ninguno.

Rincón, que triunfó en Brasil cuando todavía era difícil hacerlo. Un tractor con calidad por el andarivel derecho. Con gol y fuerte mentalidad. Córdoba, Serna y Bermúdez, que asociaron sentimentalmente a millones de colombianos con la camiseta de Boca marcando una época y no sólo “integrando” el equipo campeón sino siendo grandes figuras e ídolos.
Yepes, uno de esos líderes tipo Passarella, Sergio Ramos (pero limpio), que cuando se van provocan un vacío que suele durar años. Un jefe de manada difícil de hallar. A veces pasan generaciones hasta aparecer otros. Gran cabeceador, zaguero de determinación y espíritu guerrero. En la línea anímica de Leonel Álvarez, otro soporte grande para quienes brillan arriba.

TIEMPOS MODERNOS
Y ya después viene la era de Falcao y James, la actual, sin duda la más resonante del fútbol colombiano a nivel internacional. Porque clasificaron a dos Mundiales seguidos, siendo protagonistas de relevancia, sobre todo en Brasil 2014, en el que James monopolizó flashes y elogios por su pegada y sus goles, en especial el primero a Uruguay que está en el Louvre de los goles de todos los tiempos. Completamente distinto a Valderrama, James es un 10 de menos conducción y más gol, menos tocador y más lanzador, a favor de su excepcional remate. Goleador del Mundial 2014, pase galáctico al Real Madrid, campeón de Champions, su currículum es inalcanzable para cualquier otro compatriota. Obligó a todo un país a pegarse al televisor para verlo con la camiseta merengue y eso es mucho decir. Grande entre grandes.

Falcao es el 9 por definición: bravo en el área, goleador, anticipador en el cabezazo, fantástico definidor y con una técnica superior al 9 promedio, como esos tres dedos con que concreta su gol a Polonia tras la sensacional habilitación de Quintero. Divide aguas con James en la idolatría. Los dos son grandes cracks que se complementaron sin nunca encimarse ni molestarse.

Cuadrado y Ospina son altos referentes de esa era que ellos signaron. Ahora es momento de Juan Fernando Quintero, que está empezando y tiene que demostrar todo aún, pero viene con una zurda de fábrica que no han tenido ninguno de los anteriores. Es el lujo hecho toque, manejo, pivoteo y conducción. Y Wilmar Barrios, un pichón de Leonel Álvarez con vuelo propio. Otra cosa, un soldado de la mediacancha con un sentido fabuloso de la marca. Y con poder de transmisión hacia adentro y hacia afuera. Contagia. Son los que encabezarán los nuevos tiempos.

Sin duda, los últimos 30 años son lo mejor de Colombia en materia de jugadores y de selecciones. Y provienen del torneo colombiano, muchas veces denostado, pero cuna al fin de tantos talentos. Al cumplir siete décadas de actividad, el campeonato colombiano encuentra a su fútbol en un escalón muy alto a nivel planetario. Y aquel 5 a 0 fue su baile de graduación.