EL MUSEO DE LA MAFIA

 

POR: IVÁN MEJÍA ÁLVAREZ

 

Las Vegas es una ciudad fascinante para los que juegan, se divierten, les gusta la rumba y la noche, los shows y la vida a todo vapor. En Las Vegas se consigue todo lo que se quiera y cada uno pasa de acuerdo a su presupuesto y sus deseos de vivir. Por eso, la vieja frase de “lo que pasa en Las Vegas, se queda en Las Vegas” es un pacto de silencio y complicidad.

 

Uno de los atractivos turísticos de la famosa ciudad es el Museo de La Mafia, en la calle principal, donde quedan los grandes casinos, el Cesars Palace, Metro, Riviera. En ese sitio se pueden ver el carro de Dillinger, los puros que fumaba Al Capone, las metralletas de los años treinta, recreaciones de los grandes bandidos de todas las épocas. Por supuesto, deben existir películas, bustos y objetos que pertenecieron a Pablo Escobar y a los capos colombianos de la cocaína. Y ahora deben haber ingresado con honores al ‘Chapo’ Guzmán, es decir, están al día en cuestión de maldadosos.

 

Ahora anuncian la llegada de una sección dedicada a la FIFA. Blatter lo ha conseguido: va a entrar directo al Museo de La Mafia, tal cual como se lo merece, como lo ha trabajado y luchado durante tantos años en los que ha saqueado, con sus amigotes, a la entidad rectora del fútbol mundial.

 

En el juicio de uno de los grandes rufianes de la Cosa Nostra siciliana, un tal Falcone, le preguntaron qué era la mafia y dijo: imagínense un escenario, la elección de un procurador nacional con tres candidatos. El primero, un hombre probo, impoluto, lleno de títulos, sapiencia y conocimiento de las leyes, un respetuoso. El segundo, un tipo con todo el poder político, el apoyo de los medios, querido por la ciudadanía, respetado por sus congéneres. Y el tercero, un don nadie, con oscuro pasado, cercano a gente deleznable, pero rico y poderoso ¿Adivinen quién gana la elección? El tercero. Eso es la mafia.

 

Debe ser amplia la sección del museo que se le dedicará a la FIFA. Un rinconcito muy especial para Joao Havelange, un corrupto total, quien saqueó la entidad durante años y años, se calcula que se llevó más de trescientos millones de dólares en sobornos. Creó, financió y dirigió ISL en compañía de Horss Darsller, uno de los hermanos que gobernó Adidas en la época de mayor corrupción. A su lado, estará el inefable yerno ‘Ricardito’ Texeira, quien violentó las arcas de la Confederación Brasileña de Fútbol (CBF) de una manera infame, agarró la rectora del fútbol auriverde como su caja menor y recibía las migajas de su suegro Havelange, de millones de euros de sus tropelías. Ah, el museo no puede olvidar a Jack Warner, el todopoderoso ex presidente de la Concacaf, quien enseñó cómo revender las boletas de los mundiales, cómo cobrar por los votos de la entidad para los mundiales de Alemania, Sudáfrica, Brasil, Rusia y Qatar.

 

El anillo de don Julio es otro motivo de atracción. El “Todo pasa” con que gobernó el fútbol argentino durante treinta años, arrasando las cuentas bancarias, digitando el arbitraje suramericano, orquestando títulos a su gusto. Y más allá, en ese museo, Nicolas Leoz, viejo sinvergüenza que se pavoneaba por estos países con aire imperial y al que le rendían honores presidentes y alcaldes. Y, oh, cómo no, Franz Beckenbauer, incriminado por los recientes historiadores de la FIFA como otro mercenario a sueldo de la mafia del fútbol.

 

Grande, muy grande tiene que ser el rincón del Museo de La Mafia dedicada a los dirigentes del fútbol mundial. Son demasiados personajes robando y robando, lucrándose del juego más bello del mundo, mientras unos corren y sudan, otros hacen negocios indebidos e ilícitos.

 

Andrew Jennings, un periodista británico que tiene a estos mafiosos en la mira, acaba de publicar un libro, “La caída del Imperio”, editorial Aguilar, en el que cuenta muchas cosas. Es imprescindible leerlo antes de entrar al Museo de La Mafia en la ciudad que nunca duerme.

 

No podía ser en otra parte, tenía que ser en Las Vegas, porque “lo que pasa en Las Vegas… se queda en Las Vegas”.