EN CONTRA DE LOS ATEOS

Parto de una confesión: cada vez que el personaje del que me quiero referir en esta columna hablaba en la televisión –y yo lo escuchaba recostado en mi cama, ya de noche; con los ojos entrecerrados por culpa del cansancio-; cada vez que lo oía  pontificar, mejor dicho, con esa voz nasal, con esa seguridad en sí mismo, con ese acento argentino tan marcado y natural, presto siempre a lanzar sus homilías con el inquebrantable tono de quien habla como representante único de dios en la tierra, imaginaba que quien hablaba era el Papa Fancisco. No lo niego.

Daniel Samper Ospina

Pero entonces algo me sonaba mal, algún desorden en la sintaxis de una frase, el plural de un enclítico sospechoso, y súbitamente abría los ojos y allí estaba él: en el fondo de la pantalla, con la calva rodeada por un laurel de ensueño, como dueño de la verdad. De la verdad y de la vida. Por siempre. Señor.

Hablo, cómo no, de Carlos Antonio Vélez: nuestro papa. El amo del destino del fútbol nacional. El hombre que no sabe dudar; el varón, rey de dios, cuyo verbo luminoso parte en dos los mares para que, arropada por su radiante sabiduría, la verdad transite en medio de ellos. El hombre que no nació para opinar, sino para aseverar. El pastor que no duda, que no se equivoca, que no rectifica: la guía de este humilde rebaño de hinchas, futbolistas y técnicos internacionales que a ratos, díscolos y equivocados, se alejan de sus preceptos, como si no fuera una rebeldía imperdonable desobedecer a este dios humanado que lanza sus rayos de sabiduría desde un micrófono.

Varios han osado hacerlo. Y acá hago la lista, para que sus nombres no pasen en vano.

El primero de ellos fue el profesor José Pékerman, a quien Carlos Antonio auguró todo tipo de malos resultados. Incluso dijo que el argentino “no nos quitó el taparrabos futbolísticamente hablando”. Y de él sugirió, además, que sus convocatorias tenían el propósito de ayudar a su yerno, el empresario deportivo Pascual Lezcano. Casi nada.

El segundo desobediente fue Jorge Luis Pinto, ex técnico de la Selección de Costa Rica, a quien el profesor Vélez ya había hecho la vida imposible mientras dirigió al tricolor colombiano, y a quien en esta ocasión lanzó a la catástrofe y miró por encima del hombro, y a cuyo equipo indicó de ser el relleno de su grupo, lo primero que se iba a podrir.

Y el tercero fue nada menos y nada más que James Rodríguez: el futbolista que, según el catedrático de la pelota, juega por baches, se pierde, pasa limbos: “es un volante resolutivo y no generador”, sentenció alguna vez con ese lenguaje tan suyo.

Bien: aquellos tres apóstatas merecen la hoguera. Han ido en contra de las sentencias del profesor Carlos Antonio Vélez. Han ido a contrapelo de sus opiniones, es decir a contrapelo de sus deseos. Porque el Profe Vélez –y en eso también se parece a dios- suele confundir sus opiniones con sus deseos.

El hecho es que esta vez tanto el técnico Pékerman como Jorge Luis Pinto consiguieron que sus equipos desembarcaran en terrenos históricos, nunca antes conseguidos por las selecciones de los países que comandaron. Y que James Rodríguez fue la gran figura del Mundial, por encima de cualquier otra: y fue la revelación, el hombre que devolvió al fútbol la magia de saber que de cualquier lugar, y en cualquier momento, puede brotar un futbolista inolvidable. Porque he de decir que no sé si James es un jugador resolutivo o generador. Pero sé, sin asomos de dudas, que es inolvidable.

Que caiga, pues, la justicia divina en contra de estos tres personajes que osaron contradecir los designios del profesor Carlos Antonio: el periodista sagrado que no solo ha enriquecido al español con sus vocablos inventados, sino que –y en esto vuelve a parecerse a dios- parece estar en todas partes. Y tanto más aparece cuanto más anuncia que se retiró de la profesión: esa es la omnipresencia.

Unámonos todos contra quienes han desobedecido el mandato de Carlos Antonio. Celebremos, más bien, esa fe de hierro que muestran sus empleadores de RCN para sostenerlo en su grandeza, renuncie o no a su puesto: requerimos de gente que lo siga con la misma fe que él se tiene y que dejó ver en aquella entrevista –inolvidable, como James- que concedió a María Isabel Rueda en el diario El Tiempo: aquella vez dijo –palabras más, palabras menos- que el equipo había jugado bien el Mundial gracias a que había rectificado su camino al vaivén de las recomendaciones que él mismo ofreció.

Y recemos por su resurrección. Porque tuvo un mundial redondo el profe Vélez: hizo tres de tres. Menos mal no fue médico. Si no ha caído en desgracia profesional es porque mi dios –es decir: él mismo- es grande. Y porque fue él quien nos puso el taparrabos, periodísticamente hablando: las ventajas que tiene ser un analista generador y no resolutivo.