EN DEFENSA DE JAMES

POR DANIEL SAMPER OSPINA

 

Se suman a la golpiza contra James -este tremendo linchamiento basado en rumores y chismes de periodismo rosa- algunos de aquellos que lo elogiaban durante el Mundial de Brasil de 2014: los escribanos empedernidos de las redes sociales; los talibanes de la prensa deportiva; los malquerientes agazapados que nunca asomaron cabeza cuando James no era James sino el mejor futbolista de la historia de Colombia, capaz de  echarse al hombro, él solo, una Selección nacional de fútbol y de arrastrarla hasta los cuartos de final en un Mundial glorioso, pero que ahora se llenan de valentía para agregarse a la solfa: para caerle al caído.

 

Comprendo que el fútbol es una válvula de escape y que todo lo que gravita en torno suyo es emocional.

Pero esta forma de adherir al torrente de rumores que súbitamente se desató contra James, roza con la infamia: he oído a destacados periodistas de trayectoria especulando sobre la situación sentimental del futbolista por la participación de su mujer en un reality de la televisión colombiana. En eso vamos ya. Eso somos. El mismo hombre que despertó la pasión nacional que nadie nunca había despertado en nuestra historia, hace apenas un par de años, hoy parece una vaca muerta frente a cuyas tripas se dan gusto las aves de carroña.

El periodismo deportivo y el periodismo rosa parecen lo mismo, al punto de que uno ya no sabe si quien ejerce el análisis del diez del Madrid es alias “La Negra Candela”: ¿que ahora James es un borracho al que la fama le nubla el juicio?, ¿Que seguramente se va a divorciar de su mujer porque “qué hace esa señora por acá, bailando en Colombia”?, ¿Que al parecer el DT de Madrid lo regaña porque lo ve subido de peso y desconcentrado?

Este periodismo, sostenido triste e infamemente sobre especulaciones, ha barnizado la imagen de James con una capa de incomprobados rumores que lo maltratan. De nada le vale ser el futbolista que más lejos ha llegado en la historia del fútbol europeo; el único capaz de brillar a fondo en un Mundial; el único colombiano que ha marcado dos de los mejores goles en un certamen mundialista, uno de los cuales obtuvo el premio Puskás; el único que de veras se ha codeado en la cumbre futbolística del universo, lugar al que acceden un puñado de futbolistas alumbrados con un talento salido de lo normal. De nada le sirve, en fin, haber hecho lo que hizo ni ser quien es: ante el más mínimo síntoma de cansancio o anormalidad, un coro de voces aúllan en su contra sin compasión ni gratitud, y comentan sus supuestos desaciertos con el secreto gusto de que sucedan de verdad.

Antes de James, nos bastaba con que el relumbrón de nuestras estrellas las llevara a jugar al fútbol europeo y nos felicitábamos unos a otros ante el logro, para nada menor, de que el ‘Pibe’ o Leonel Álvarez o Higuita alinearan en el Valladolid. Seguíamos como si fuera propia la liga francesa, intensa pero mediana. Nos abrazábamos con los triunfos de Falcao en un equipo digno de medallas de bronce como el ‘Aleti’ de Madrid; situaciones todas, que quede claro, dignas de aplauso.

Pero nadie nos había llevado tan lejos como la pierna zurda de James, figura indiscutible del orbe internacional. Nadie había sido capaz de ser alineado como estrella en el Real Madrid, cruzarse la simbólica camiseta del diez en semejante equipo, ser referente para niños de todas partes del mundo: esos logros, antes de James, eran sencillamente impensables.

Las cifras lo defienden: en su primera temporada, anotó 17 goles, algunos de los cuales fueron verdaderas joyas de la precisión y la técnica; desarrolló labores de marca, hasta hace poco inéditas en él; e hizo gala de la personalidad suficiente para vivir en las alturas sin sentir ninguna forma de mareo: juega de tú a tú con los mejores futbolistas del mundo con un nivel de juego que no sólo no ha desentonado con un plantel intergaláctico, sino que lo ha engrandecido con aportes vistosos.

Entiendo que la prensa española ponga reflectores en escándalos menores que suceden por fuera de la cancha, y que la dinámica de información de España los lleve a escribir cuartillas enteras por un incidente ante la policía de tránsito.

Pero la forma en que han cubierto el supuesto bajonazo deportivo de James en esta orilla del Atlántico, es decir, en nuestro lado, por momentos parece un despropósito. Llenan con especulaciones de telenovela los huecos y silencios de su historia; convierten en un juicio extradeportivo lo que a lo sumo es una información futbolística; parecen soslayarse con una tragedia que aun no sucede, pero que con algo de insistencia podría convertirse en realidad.

Estoy de acuerdo en que se hagan los análisis de rigor y en que cada cual opine lo que quiera. Pero antes de emitir los latigazos de siempre, pido que se informe de James con un mínimo de equilibrio y con la lealtad que se le debe a aquel muchacho que recibe el balón de espaldas, tiene la destreza de dominarlo con el pecho mientras gira al mismo tiempo el cuerpo, y lo empalma con precisión y potencia contra el portero de Uruguay para permitirnos sacar de la garganta el grito más digno y alegre y portentoso que jamás hayamos lanzado al aire como colombianos.