¡GOOOL DE SANTA FE!

Sucedió la otra tarde, mientras hacíamos tiempo para que empezara el partido. Mi amigo Andrés Restrepo, y un vecino de puesto al que llamamos “Ronaldo” porque cada domingo se entiesa el copete con una gomina pastosa, casi un engrudo, en franca imitación con el astro lusitano, lanzamos la lista espontánea de los goles más emocionantes que recordamos; de los goles de Santa fe, de cualquier época y de cualquier factura, que todavía nos erizan la piel.

 

“Ronaldo” es mayor, y su edad se puso de manifiesto cuando citó uno de Pandolfi, de cabeza, en el año 77: un gol que daba paso a una semifinal, y que, según relató, hizo estallar al estadio en un torrente jubiloso, de abrazos y afonía, porque martilló el balón después de un salto imposible, inverosímil, elevado metro y medio del piso. De ese gol había tenido noticias por mi papá: era verdad que, a pesar de que no valió título alguno, entró en la categoría de leyenda: es un gol que ya forma parte del patrimonio inmaterial de lo que somos como hinchas, del museo de recuerdos que nos compone: un gol inmortal.

Acto seguido, Andrés Restrepo, mi eterno amigo del fútbol y de la vida, aportó el suyo: dijo recordar como uno de los mejores momentos de su infancia el famoso gol de Hugo Ernesto Gottardi contra Millonarios: el gol con el que no los dejamos celebrar. Sucedió así: Millonarios nos marcó el 1 – 0. Diego Edison Umaña y Gottardi, ya para entonces dios santafereño, llevaron el balón al medio del campo para reiniciar el partido, asunto que el árbitro autorizó con el pitido. Umaña, entonces, se la tocó a Gottardi. Gottardi, entonces, se la devolvió a Umaña. Y Umaña de nuevo se la pasó a Gottardi, que para el momento ya penetraba el lado azul, lleno de fe, emocionado con una incursión alucinante hacia la portería rival. Nadie los pudo parar. Lo que había comenzado como un ordinario saque de mitad de campo, en cuestión de instantes era una incontenible pared entre dos jugadores santafereños inatajables: zurcieron un tejido básico de pases, rematado por un gol del nueve argentino, que dio paso a una escena surrealista: los hinchas de Millonarios aún estaban abrazados, celebrando su gol, cuando los de Santa Fe gritábamos el nuestro propio por encima del de ellos: nuestro aullido calló el de ellos.

Llegado mi turno, pasé angustias para decantarme por un solo gol. Y por eso escribo esta columna.

Desde que tengo uso de razón voy a fútbol. He celebrado como propios goles de toda clase de delanteros: goles de cabeza de Oswaldo Marcial Palavecino ; de tiro libre de Armando “el Pollo” Díaz; de drible y definición, de Daniel Tilger; accidentales, de Jorge “El policía” Ramírez.

Pero, si me ponen a elegir uno, uno solo, tendría que decir que fue aquel con que Léider Preciado les calló la boca a los miles de hinchas azules que desde las barras bravas recordaban, con un cántico infame, que unos ladrones acababan de asesinar a su hermano: fue la lección más emocionante de justicia poética de la que haya sido testigo jamás, y alguna vez, en este mismo espacio, la relaté con detalles.

A ese gol inmarcesible y lírico, tendría que unir otros tantos: el tercer gol, marcado por Adolfo “el Tren” Valencia, en aquel clásico del 92 en que ganamos 7-3; el que Wílder Medina anotó contra Gremio, en semifinales de la Copa Libertadores el 16 de mayo de 2013; el gol de sueño hecho realidad con que Camilo Vargas pasó a la historia de las fantasías cumplidas, cuando en el último minuto de un clásico empatado a cero subió a cabecear un tiro de esquina y nos dio el triunfo; o el de Copete contra Pasto, en la final de 2012, con que al fin logramos ganar una copa después de 38 años.

Capítulo aparte, sin embargo, merece Omar Sebastián Pérez. A él le asignaría varias medallas en el torneo de los goles inolvidables, pero mencionaré apenas dos.

Uno que marcó en el Atanasio Girardot en octubre de 2012: fue el famoso gol olímpico, campeón de los goles increíbles: la pelota se cerró aérea, tras una curva feroz, y se clavó en el ángulo de arriba del segundo palo.

Y otro, en noviembre de 2011, que es el gol de la valentía. Lo recuerdo rápidamente: Santa Fe jugaba de visitante contra Vélez. El abuelo de Omar viajaba para ver a su nieto en la cancha. Una tormenta tumbó un árbol justo encima de la carro, y lo mató: mató al abuelo de Omar Pérez quien, a pesar de su tristeza, o quizás debido a ella, pidió ser alineado. Entonces hubo un penal, y él mismo lo cobró, y marcó el gol, y lo celebró desplomándose de rodillas y ahogado de dolor y de lágrimas.

Digo que escribo esta columna porque no me resigno a que la colección terminé en este espacio. Y por eso pido al amable lector que así lo quiera, que me ofrezca sus aportes. Mi correo es dsamper@semana.com. Agradezco infinitamente cualquier dato. Me dispongo en adelante a coleccionar recuerdos emocionantes. Es lo único que vale la pena de haber estado vivo. Y pocos proporcionan tanta intensidad, como los que vienen con el fútbol. De modo que cualquiera que se anime a compartir conmigo el gol más emocionante que haya vivido gracias a Santa Fe, se ganará un espacio muy ancho en mis altares.