JUGAMOS CONTRA UN POBRÍSIMO HAITÍ

(Como divertimento literario y humorístico en la Copa Centenario, imaginé este testimonio de uno de los jugadores que tuvieron que enfrentar a la Selección de Haití a raíz de la frase de un locutor periodista colombiano según la cual el equipo que traía Haití al evento, era muy pobre).

Desde mucho antes del partido había oído que los periodistas subestimaban a Haití. Hablaban de que Haití había traído una selección muy pobre, y de que, bueno, de que se trataba de un equipo que nunca había tenido trayectoria en materia futbolística.

Por eso, cuando salieron las balotas y vimos que uno de los equipos del grupo era precisamente Haití, celebramos antes de tiempo. Si no les ganamos a éstos, no le ganamos a nadie, decíamos esa noche en el hotel. Sumemos de una vez esos tres puntos.

Nunca pensamos que sucedería todo lo contrario, que justamente esos puntos contra Haití fueron los que nos hicieron falta para pasar a los cuartos. A los cuartos de final, quiero decir.

El profe nos advirtió que no nos confiáramos, pero la verdad es que antes del partido hasta él mismo sabía que se trataba de un asunto resuelto, que eran pan comido. La misma prensa repetía cada minuto que el partido ya estaba listo, que jugábamos contra un pobrísimo Haití.

Recuerdo que la frase me caló y que la repetía mentalmente la noche antes del partido. Jugamos contra un pobrísimo Haití. Un equipo que viene de perder siete a cero contra Brasil. Unos tristes tipos que ni siquiera juegan en el fútbol profesional.

Por eso, cuando salté a la cancha, me sorprendió que el asunto fuera tal cual así. Desde el túnel supe que era cierto; que en verdad jugábamos contra un pobrísimo Haití. Pobrísimo en todos los sentidos. Los jugadores llevaban el uniforme raído, por ejemplo. Algunos renqueaban, otros se notaban deshidratados, con los ojos amarillos. El defensa que alinearon junto a mí para la salida tenía algo eruptivo, no sé qué era, y me hacía señas para que le diera mis objetos, lo que estaba tomando, mis guayos, todo.

El partido no pudo ser más horrible. Jugábamos contra un pobrísimo Haití, y eso se notaba en el hecho de que el aguatero les llevara agua no potable. El diez de ellos tenía malaria, o alguna cosa parecida, y a duras penas conseguía sostenerse. El seis sudaba la camiseta, sí, pero por la fiebre. Estaba al borde de la convulsión.

Ahora dígame: ¿quién podía ganar así? ¿El futbol se trata solamente de ganar, acaso? ¿Alguien tenía corazón para entrarles en un cuerpo a cuerpo? Si hasta por temor a contagios no éramos capaces de marcarlos. O por razones de compasión humana.

Porque uno es humano, antes que futbolista. Mire este detalle: cuando entraban los camilleros de la Cruz Roja –porque alguno de ellos se desplomaba sin choque de por medio, sin motivo aparente, porque se desplomaban así, de la nada-,  se les abalanzaban para reclamarles bultos de arroz, medicinas, cobijas. Si no parecía un partido. Era una crisis humanitaria.

Ahora nos critican. Pero me habría gustado verlos allá, en el pasto, a ver ellos qué hacían. Los comentaristas deportivos. El locutor ese que decía que jugábamos ante un pobrísimo Haití. Allá me gustaría verlos, en la cancha. Es fácil encerrarse en una cabina y lanzar frases y frases, todas llenas de lugares comunes. El locutor aquel que decía que el de Haití era un equipo sin hambre, no sabe de lo que hablaba.

Por eso, en el momento del autogol supimos que eso era lo que correspondía. Y en el segundo gol que nos hicieron también. Desde la tribuna no se ve el brillo de los ojos del muchacho que lo marcó, la euforia de quienes lo felicitaban. Era el momento más alegre de toda su vida. Y vaya usted a saber cómo era su vida, si era huérfano, si creció en un humedal.

Y ya después se vuelve adictivo. Cada gol que nos hacían era la felicidad que jamás volverán a tener. La felicidad que la vida jamás le va a volver a dar. Lo que justifica sus años de dolor, y digo años por no hablar de estirpes de dolor, porque estos futbolistas le aseguro que son hijos de hijos de otros hijos que lo único que han tenido es pobreza.

Entonces que no vengan a hablar ahora. A nadie le gusta perder, y menos por cuatro, por cinco goles. Para la prensa o para algunos hinchas será el partido de la vergüenza, la vez que nos dejamos ganar. Pero para nosotros será el partido en que al fin hicimos algo por los demás, y para ellos es una fecha patria, no un partido de fútbol: una cosa que los justifica como país, que le dio curso y sentido a su dolor de siempre.

Si me lo preguntan, yo lo volvería a hacer. Me alinean en ese mismo partido, y hago lo que hice. Igualito. No le cambio nada. Incluyendo lo de darle las canilleras y los guayos al defensa con el que salí en la alineación del comienzo. Incluyendo lo de darle mi morral. Pobre gente. Jugamos contra un pobrísimo Haití.