LA PRIMERA LEY DEL FÚTBOL: SABER FICHAR

Por Jorge Barraza

 “Klopp, el mejor entrenador del mundo”, tituló un reconocido diario deportivo español en un momento de euforia del redactor, a minutos de haber terminado la Champions League. Con el Liverpool consagrado, desde luego las acciones de Jurgen treparon alto en el mercado del fútbol. Quizá el rótulo más acertado sería “el entrenador del año”.

Determinar que un técnico es el número uno de esta actividad por una victoria, aunque muy resonante, no parece adecuado. En ese caso, debió decirse lo mismo de Luis Felipe Scolari cuando conquistó el Mundial 2002, de Marcello Lippi en 2006, de Vicente Del Bosque en 2010, de Löw en 2014 o de Deschamps en 2018. Y a nadie se le hubiese ocurrido afirmar que Felipão, Löw o Deschamps fueron o son “el mejor del mundo”. Obtuvieron un lauro importantísimo en un momento dado. Aplausos y ya.

Hay mucho madridismo en aquella afirmación. Guardiola es el mejor del mundo, con algunas vueltas de ventaja sobre el resto, su pecado, a ojos blancos, es ser catalán (¡cruz diablo…!). Pep es el Papa de la redonda, no sólo por los títulos, sino principalmente por el fútbol que practican sus equipos, y por haber dado a luz al Barcelona que entre 2009 y 2015 maravilló planetariamente. Ese Barsa es la máxima creación futbolística de la historia junto al Santos, y no hay medio madrileño que pueda borrarlo, está tallado en piedra en la montaña más alta de la tierra. Un Barsa musical, precioso, contundente y duradero. El del tiqui taca.

Y en el cotejo entre ellos en estos últimos dos años en Inglaterra, mano a mano, Pep sumó 6 coronas contra ninguna de Jurgen. No obstante, esta no es una comparación Guardiola-Klopp, excelentísimos ambos, es una loa al de Stuttgart, es su hora.

Sí es un magnífico conductor, Klopp, quizás el uno entre los terrenales. Es la personificación del optimismo, el hermano mayor de sus jugadores, el gerente que mejora toda empresa que dirige. Siempre tiene un plan, construye con barro y arma una fortaleza inexpugnable, sabe arengar a la tropa, es inquieto, trabaja. Le costó cuatro años este Liverpool, estaba muy caído, pero ya está, le devolvió en una noche toda la grandeza, el estrellato, la estirpe. Ahora será de nuevo el dragón rojo que echa bocanadas de fuego a todo el que se acerca a su guarida. Y Klopp se consiguió para sí mismo el rótulo de Mariscal. Y el del alemán más simpático de que se tenga noticia. Sin contar la caballerosidad. El año anterior perdió ante el Real Madrid “la final de Sergio Ramos”, cuando el central sevillano dejó fuera de combate primero a Salah y luego al arquero Karius; pero Klopp se lo tomó con soda, hielo y limón, felicitó al campeón, levantó campamento y hacia adentro dejó una consigna: “volveremos”. Lo hizo.

Dos finales de Europa perdidas asumió con elegancia (la otra en 2013 ante el Bayern Munich, siendo DT del Borussia Dortmund). Como buen alemán, no desmayó, retiró los escombros y construyó otro edificio, este del Liverpool. La Champions es su premio, nadie la merecía más. Él dio con el club perfecto: con historia, tradición, potencia y, además, en la mala. Y el club acertó con el DT ideal: paciente, cerebral, ganador, y en busca de la consagración definitiva.

Ahora bien, hablemos del juego, pues en fútbol no sólo es ganar, también es gustar. Que no todo es títulos ni todo es juego, se trata de una combinación de ambos factores. Liverpool se impuso en una final pobretona, acaso la más prosaica de los últimos años. Todos esperábamos más a causa de las brillantes semifinales. Y se les pasó el arroz. En ese contexto ordinario, el Liverpool fue acaso el más vulgar de los dos finalistas.

Un equipo con tres volantes de marca pura difícilmente pueda elaborar acciones muy lúcidas. Henderson, Fabinho y Wijnaldum son tres destructores eficientes, enérgicos, combativos, tres camiones, pero no crean. Y combinados con una línea de tres atacantes netos, faltaba un enlace que diera un poco de brillo a una victoria que se abrió por un penal a los 23 segundos, muy discutible, por cierto. Con el 1-0 a favor, le faltó grandeza al Liverpool de Klopp para dar más, quizás adelantarse un poco en el campo e intentar algo que no fuera cuidar el resultado.

En el afán de querer ensalzar a Klopp podemos revestir de épica la conquista, de ponerle un traje de seda y colores; va a sonar bonito, pero no sería verdad. Memorable fue la remontada ante el Barcelona (de 0-3 a 4-0), hazaña basada en vigor físico, determinación, empuje, presión, intensidad y oportunismo ante un Barcelona adormilado, como idiotizado. Ahí se ganó el reconocimiento, fue su noche de Champions. De sus trece partidos en el torneo, es el que tiene para mostrar.

Lo más rescatable de Klopp es cómo de las ruinas del Liverpool fue armando, en estos casi cuatro años, un plantel virtuoso y vencedor. Puesto por puesto fue retocando y mejorando hasta llegar a campeón de Europa. Cumplió con la primera ley del fútbol: saber comprar. Y aunque mucho menos importante, también vender. Porque colocar a Coutinho en 120 millones de euros más 40 en variables es un negocio de fábula. Un jugador de buena técnica y punto. En nueve temporadas en Primera contribuyó con algunos minutos a ganar el torneo de la Serie “B” para el Vasco da Gama y luego una Copa Italia para el Inter de Milan. Ya lleva cobrados 145 M€ el Liverpool del total de 160.

Con esa misma fortuna compró a Virgil Van Dijk, fantástico zaguero holandés (85M€), y solidificó definitivamente la defensa. Además, llevó a Alisson, el excelente arquero brasileño (73 M€), dando al arco la confiabilidad que no garantizaba Karius. Fichó en 50 M€ al también brasileño Fabinho (ex Real Madrid y Mónaco), con el que reforzó la línea media, al punto de que en su primera temporada la 2018-2019 ya sumó 41 presencias y es el líder del centro del campo. También contrató al guineano Naby Keita, del RB Leipzig, en 60 M€, un volante mixto en el que Klopp ha confiado mucho ya en su primer curso.

Es decir, se desembarazó de Coutinho, una calamidad que el Barcelona no sabe cómo resolver, y con ello obtuvo el 54% de lo que invirtió en los otros cuatro fichajes, cuatro titulares y enormes figuras, especialmente Van Dijk y Alisson. Incluso consiguió un quinto elemento por solo 15 M€, el siempre apreciado y revulsivo Xherdan Shaqiri, capaz de hacer de 10 o de reemplazar a cualquiera de los tres de arriba.

El Barça le quitó la maleza y le proporcionó un dineral para que saliera al mercado y fortaleciera su poderío, con el cual después eliminar al Barsa, que alineó al lánguido Coutinho.

Por encima del talento de los entrenadores y de la eficacia administrativa de los dirigentes, la fórmula reina del fútbol es saber comprar. El precio no es relevante, sino la calidad. El Real Madrid pagó en 2009 cien millones por Cristiano Ronaldo. Fue el fichaje más barato de su historia. En eso sí ha demostrado Jurgen Klopp ser el mejor entrenador del mundo.