ODA A ROA

Hoy no quiero hablar de James ni Falcao, de Messi ni de Ronaldo. Hoy me doy la licencia, y el gusto además, de hablar de un jugador poco famoso, ejemplar y pedagógico cuya virtud se basa más en el esfuerzo que en la calidad, y en sostener el promedio de todas las materias en notas altas, antes que en brillar de manera sobresaliente en una sola asignatura: el gran Daniel Roa. Juan Daniel Roa Reyes, para más señas: el mediocampista santafereño de 25 años, cocinado a fuego lento en las canteras del club, a donde llegó tras haber sido detectado en el Real Players.

Por: Daniel Samper Ospina.

Debutó el 19 de agosto de 2010 frente a Real Cartagena y desde entonces ha sumado más de 300 partidos portando indistintamente la camiseta número 31, o la cinco, o la 17, que ya hizo suya: cubierto por ellas ha marcado siete goles y obtenido con su sangre guerrera nada menos que los ocho títulos que Santa fe logró en esta súbita era de gloria: dos ligas (la emblemática e inolvidable del primer semestre de 2012; la del segundo semestre de 2014; la del segundo semestre de 2016); dos superligas (en el 2013 y en el 2017); la rutilante Suramericana de 2015 y la Suruga Bank de 2016: todas y cada una de esas copas ha sido levantada por los manos de Juan Daniel, cuya presencia en Santa fe ya resulta fundamental.

Y es ahí, en el sacrificio poco vistoso pero eficiente; en el constante apoyo lateral, en todos los sentidos, donde este hombre se ha hecho fundamental. Ni obrero ni arquitecto; constante en la medianía de su labor, no se destaca por destruir como un defensa recio y temperamental, ni por meter pases como puñaladas, ni por definir ante el arquero con sangre fría, pero su labor es una amalgama de todo lo anterior, sostenida en un nivel recto, que no decae: el hierro forjado de una persona que defiende, que arma y que incluso tiene gol, en proporciones poco vistosas, pero cruciales.

He observado varios partidos de Roa y me sorprende que nunca deja de trabajar. La mixtura de sus responsabilidades lo obliga a desplegarse del todo en cada una de las funciones que se esperan de él, y por todas se expone a como pocos: el suyo no es el trabajo esporádico, pero protagónico, de los delanteros en el mano a mano o del portero ante el penalti, sino la labor permanente de quien trabaja por fuera de los reflectores, en la sombra del pasillo, sin más brillo que su trabajo admirable.

De Juan Daniel Roa aplaudo que es un volante mixto como pocos, forjado con dosis similares de calidad y de pundonor, y empapado de orgullo hasta la punta del alma. También su ambivalente capacidad de asumir cargos diferentes: de taponar una salida o marcar una punta, según lo requieran las circunstancias.

Pero, sobre todo, de Roa, de Roíta, admiro su lealtad con el club: la forma de ser santafereño sin estridencias pero sin dudas, de manera permanente, apuntalado su amor por el equipo en su comportamiento libre de polémicas. Es la antiestrella: el hombre ajeno a explosiones de carácter, a espasmos de protagonismo, que sabe situarse siempre por debajo de la institución. La persona que uno da por descontada: el que siempre está. El hombre que apoya, y que nunca hace daño.

Debía estas palabras a Juan Daniel Roa palabras hace rato. Un elogio a la presencia discreta pero perdurable de su ser, a su manera decidida de estar en la cancha; a su sentido del pundonor y del sacrificio. Debía estas palabras hacía rato al abnegado y a la vez delicado volante de trapero, recio pero no sucio, ofensivo pero responsable, sin cuya presencia la historia reciente de Santa Fe, que es, en términos de títulos, la que vale la pena, sería imposible, impensable.

Juan Daniel Roa: un futbolista prudente pero comprometido, sacrificado, pero a la vez audaz: jugador antes que estrella; pero hincha reluciente antes que jugador: vayan estas palabras de gratitud por tu ejemplar entrega silenciosa.