Guardiola, la excelencia bajo sospecha

Por Jorge Barraza

En una final de ensueño donde el juego desmintió al resultado -0 a 0 al cabo de 120 minutos vibrantes, intensísimos-, Manchester City ganó por penales al Chelsea y se quedó con la primera corona del año en Inglaterra: la Copa de la Liga. El gol, caprichoso, no se hizo presente en una definición que llevó a Wembley 81.775 espectadores pagantes, aunque para los cráneos tuiteros “esa copita no le interesa a nadie”. Pero parece que sí. Además, todos los títulos son importantes. De ganarlo, Chelsea salvaba, o componía, un año que puede resultarle funesto. Sigue en carrera en la Europa League, pero está sexto en la Premier y podría quedarse fuera de las copas internacionales del año próximo, además de no poder fichar en los próximos dos mercados de pases. Sin contar con el terremoto causado por su joven arquero Kepa, cuya desobediencia a ser sustituido durante el partido puede generar una crisis de consecuencias imprevisibles.

La multitud en la catedral del fútbol y las celebraciones en la premiación reflejan que sí importa ese título. Viene a cuento porque en los últimos tiempos ha germinado una idea de que lo único que verdaderamente tiene valor en la vida es el Mundial, o la final de la Champions. No es así, hay otras cosas. Si no ¿para qué se disputan los demás torneos…?

No hay que jugar bien, hay que ganar. Y no hay que ganar ligas o copas nacionales, “¡Champions, quiero…!”. Es el rugido de los campeones del sofá. Naturalmente, hay competiciones con mayor predicamento que otras. Pero el City entendió que había ganado una batalla épica ante un muy buen Chelsea y un Hazard imparable. Daba para festejar. Además, se llena de confianza para lo que viene.

Con esta Copa de Liga y a sus 48 años, Pep Guardiola hilvana su título de campeón número 25 como entrenador, más los 17 que reunió como jugador. Entre los trofeos como DT se cuentan 7 ligas y 6 copas en los tres países más poderosos del fútbol: España, Alemania e Inglaterra. Y dos Champions. Nunca bajó del tercer puesto; tiene el 73% de victorias, o sea que gana casi 3 partidos sobre cuatro y pierde alrededor de uno de cada diez. Es el único en ganar un sextete (en 2009). Todo ello en sus cortas diez temporadas en Primera División.

Resultado de imagen para guardiola city

No hay temores posibles: podemos calificarlo como un ganador. No ha alcanzado aún el récord de triunfos de Ferguson, pero lo sobrepasa por un detalle: sus equipos tienen el agregado de la belleza. Nadie, hasta él, había logrado combinar con tal excelencia la efectividad y el buen gusto. Media humanidad futbolera se ha dado de narices con él, pues rompió la falsa consigna que reza “prefiero jugar mal y ganar”. Derrumbó ese muro hecho de mediocridad creando el tiqui taca, ese ping pong de pases sucesivos a uno y dos toques que encantaba al público y desquiciaba a los rivales. Y no se ha extinguido: el City también es tiqui taca.

Sin embargo, así como hay un “Club de Odiadores” de Messi que cuenta con millones de adeptos (especialmente en Madrid y en Latinoamérica), también Guardiola parece estar siempre bajo sospecha. “Lo aceptaré el día que haga lo mismo con un equipo chico”, dice un tuitero, anónimo, desde luego. Claro, Guardiola va a dejar su contrato de 20 millones de euros anuales para ir a ganar 300.000 en el Castellón y, desde allí, tomar por asalto las cumbres más altas. “Con los jugadores que le dan, así cualquiera”. Por antinómico, José Mourinho vale como comparación: también dirige siempre clubes grandes y planteles costosos, pero sus equipos juegan feo, son el antiespectáculo. Y en veinte años (el doble exacto que el catalán), también celebró 25 campeonatos. Guardiola podría superarlo también en eso.

Es asombroso cómo un profesional que seguramente quedará en el tiempo como el mejor técnico de la historia deba estar siempre a la defensiva por las críticas de verdaderas legiones que aman el contraestilo, o sea mezquino, rudo, picapiedra, si es posible con algo de trampa. Para muchos es muy seductor atrincherarse atrás y resistir. Lo relacionan con el coraje, que siempre es una leyenda atractiva. Pero coraje es tomar el balón y llevarlo hacia adelante.

Guardiola es un mesías que el fútbol recibió en 2008, cuando se hizo cargo del Barcelona. Que era extraordinariamente rico en jugadores, sí, pero le dieron una Ferrari y no la chocó, al contrario, la hizo andar como nunca se había visto. Sólo el Santos de Pelé puede entrarle en la comparación. Sus equipos llegaron a alcanzar un grado de posesión del 82%. Porque a la exquisitez del dominio de balón, el Barça le adhería una recuperación asfixiante. Apenas perdida la pelota, cuatro jugadores azulgranas atosigaban al rival y, en promedio, a los 6 ó 7 segundos retomaban el control del esférico. De modo que, a la vocación ofensiva y al preciosismo le añadía alta eficiencia en la marca, un aspecto esencial en su esquema de funcionamiento.

Era demasiado hermoso. Había que afearlo un poco. Entonces la gigantesca y feroz maquinaria mediática rival le endilgó el rótulo de que era “aburrido”, “demasiados toques laterales”, “me duermo”. Sin embargo los números, que pueden ser fríos pero no mienten, muestran que fue una máquina implacablemente práctica y vertical. A través de los 521 partidos que dirigió, sus equipos marcaron 1.283 goles (impresionante 2,44 por juego) y recibió apenas 380. Una eficiencia robótica. En sus diez temporadas, los Guardiola Teams terminaron siempre con +142 de diferencia de gol (insólito), +113, +103, +97… Todo así. No daba sueño. ¿Cómo podemos bostezar viendo semejante cantidad de goles unida a tanta delicadeza en la elaboración…?

La Copa de la Liga ha sido el primer bocado de la temporada para el City. Está peleando en otros tres frentes: cuartofinalista en la tradicional Copa Inglesa (FA Cup); a un punto del Liverpool en la Premier League y a un paso de los cuartos de la Champions (venció de visita al Schalke 04 3-2 en la ida). Puede dar un zarpazo más. O tres, quién sabe. Fútbol le sobra. Y en esta, su tercera temporada en Inglaterra, el equipo tiene internalizado su libreto: salida pulcra desde el arquero, toque y toque, dinámica, velocidad, presión, recuperación, ataque masivo. No cuenta con ninguna de las grandes luminarias actuales del fútbol, sí con una dotación muy calificada, pareja y numerosa. Peleará en todos los frentes con posibilidades, seguro.

Ojalá hubiera cien Guardiolas. Un individuo que habla cuatro idiomas a la perfección (inglés, alemán, italiano y, naturalmente, español), amante de la excelencia, que está en la cima del conocimiento táctico-técnico y que ha sabido manejar vestuarios plagados de estrellas y egos estratosféricos manteniendo siempre la ambición por el triunfo, sin que la gloria lo desubique, es una bendición para el fútbol, para quienes amamos el juego limpio y bonito, de ataque y sin trampa. Pero aún no ha logrado la unanimidad: para millones, sigue bajo sospecha.