¡Quietos con Camilo!

POR DANIEL SAMPER OSPINA.

 

Un amigo que vive en Medellín me cuenta que allá también lo chiflan, y que en un comienzo le hicieron la vida imposible: lo amenazaban, lo insultaban, le tiraban piedras. Que cada domingo, cuando Camilo Vargas se paraba en el arco del Nacional, incluso miembros de ‘Los del Sur’, la populosa barra del equipo verde, lo hacían sentir como si fuera el arquero rival: lo hervían a insulto limpio en un ejercicio de amedrentamiento que solo se le reserva a los rivales.

 

Trato similar le ofrecen los hinchas santafereños, que optaron por graduar de enemigo mayor a Camilo Vargas como si no se tratara de Camilo Vargas: como si no fuera, en el fondo, uno de los suyos. Desde entonces lo trituran a punta de silbatinas con un odio reservado a los villanos eternos, a los que han jugado toda una vida en el otro lado, y le cobran su supuesta deslealtad con una ingratitud abrumadora, que desencajaría a cualquiera.

Pero vamos por partes. Esta historia comenzó en diciembre del año pasado cuando, en medio de las frías y metalizadas transacciones monetarias del fútbol, que, en últimas, es un negocio como cualquier otro, la compra de un pase adquirió un brillo emocional que la hizo diferente.

Los hechos sucedieron así: Santa Fe obtuvo la octava estrella en el segundo semestre de 2014. En medio de esa gloria fulgurante, pero ya no inédita, los hinchas rojos nos enteramos el 26 de diciembre de que Camilo Vargas había sido traspasado a Nacional.

En adelante, hubo tal avalancha de opiniones excesivas, y de maledicencia contra el arquero, que se podía constatar la naturaleza emocional del fútbol, la forma desbordada en que produce sentimientos. Porque en ningún otro ámbito laboral un cambio de trabajo se juzga como una traición, y a nadie se le ocurre creer que el vicepresidente de una multinacional sea tildado de canalla y apátrida y pesetero por aceptar una sustanciosa oferta laboral de la competencia.

Pero se podría decir que, hasta ese momento, sucedía lo de siempre: habituales reacciones emotivas por la transacción de un futbolista que salía glorioso de un equipo, y aterrizaba, lleno de futuro, en otro, y que lo hacía porque el fútbol es su profesión: una profesión corta como ninguna otra, en la cual uno es ex futbolista a los cuarenta años y debe organizarse con el dinero que ganó en, a lo sumo, década y media.

Sin embargo, esta historia dejó de ser una historia de negocios y se convirtió en una de amor y odio un par de días después: el 29 de diciembre, cuando el traspaso ya estaba definido, Camilo Vargas le pidió al Presidente César Pastrana que ayudara a echar para atrás lo acordado porque quería continuar en Santa Fe. Lo había pensado mejor. Le gustaba Bogotá. Era canterano de Santa Fe, santafereño de siempre. Y aunque admiraba a Nacional, y la oferta económica era muy abultada, prefería quedarse con los suyos.

Pero Nacional no aceptó deshacer el contrato y Camilo tuvo que obedecer las cláusulas que lo condenaban al peor de los mundos: los santafereños lo veían como un hombre que se vendió al Nacional; los del Nacional, como un santafereño que jugaba con ellos por obligación.

Quise asistir al reciente partido de Santa Fe contra Nacional para medir las reacciones de los hinchas santafereñosfrente a Camilo: lo chiflaban con la misma vehemencia con que lo hacían los paisas al inicio del año.

Y por eso escribo esta columna: para hablarles a unos y a otros, a seguidores tanto de Santa Fe como de Nacional.

En el escenario del fútbol abundan todo tipo de actores, la mayoría de ellos interesados y mezquinos.

En medio de esa jungla oscura y llena de intereses, Camilo Vargas es, antes que nada, una persona decente.

Una persona decente que, como cualquier otra, tiene derecho a titubear.

A los santafereños no se nos puede olvidar toda la gloria de la que nos llenó, sus atajadas inolvidables, su gol de cabeza contra Millos: el liderazgo definitivo con que nos guió hacia las más recientes estrellas de nuestro escudo.

Y, a la vez, los hinchas verdes deben reconocer su esfuerzo: su manera de llegar a un club para trabajar por él con respeto, con dedicación, con valentía ejemplar, aunque lo chiflen y lo amedrenten y lo insulten sus propios seguidores.

Vale decir, además, que Camilo Vargas, al final, no es arquero de Nacional o de Santa Fe, sino de la Selección Colombia, y que no merece el doble maltrato al que lo someten. Nunca hizo nada indebido, porque dudar no es indebido. Ni ha hecho nada diferente a ser sincero y a ser correcto, y a ser un gran profesional, un profesional a carta cabal, responsable y respetuoso, que cumple su contrato con el misma compromiso que sintió por el Santa Fe cuando ya había firmado su traspaso, pero le dolió el corazón.

Escribo esta columna por eso. Porque no es justo el vilipendio a un hombre bueno; a un gran arquero; a un tipo decente que cada fecha da lo mejor de sí. Camilo Vargas está cargado de un pasado casi tan luminoso como el futuro que le aguarda. Es un muchacho entero que, en un mundo gobernado por la lógica del dinero, se permitió dudar. Y que asume su trabajo en cada equipo, y en la misma Selección, con un compromiso tan grande como la injusticia que cometen las dos hinchadas al no tratarlo con la dignidad que se merece.